Avanza la sangría recaudatoria
Un día cualquiera de la semana pasada. a las 12:45 del mediodía, me encuentro disfrutando del poco tiempo que me queda para ir a currar. De repente, suena un sms. Para mi sorpresa, un número desconocido. ¿Será alguna admiradora (más)? Quizá sea aquella persona con la que sueño desde hace tiempo, que me propone una escapada a algún lugar, o simplemente una visita fugaz. Pero la realidad es otra, es uno de mis compañeros del curro y el texto del mensaje dice: “No traigas el coche, que en la zona donde aparcas han puesto parquímetros y ya empiezan a multar”. La rabia se apodera de mí, y la incredulidad. Intento ayudarme a entender esta jugada dejando salir varios improperios de mi boca, pero es inútil.
Al instante, una imagen viene a mi cabeza. Una secuencia de la película de Disney Robin Hood. Concretamente, la escena en que Robin está pidiendo limosna disfrazado de ciego, se encuentra con el sheriff, y éste con un golpe de moneda le vacía el bote donde lleva la limosna y se lo guarda en el bolsillo.
Y entonces, vuelvo a recordar aquellos días que creía pasados en que me encaminaba a la renfe de Laguna para ir a trabajar. Las esperas, las averías, el calor agobiante de los andenes en verano, el contacto con la gente normal que ya de por sí es algo a evitar… y luego el largo paseo desde Atocha hasta el trabajo, recorriendo todo el muro de la estación donde el “Estado del bienestar” queda perfectamente representado por, en un lado, los restaurantes con Audis aparcados a la puerta y por otro, los mendigos que no tienen nada que llevarse a la boca. Todo adornado, por supuesto, de las típicas pintadas hechas con Edding negro por algún perroflauta o antisistema de palo hablando sobre que el dinero no da la felicidad y tal. Apasionante.
También pienso en el incremento de tiempo a la hora de la vuelta a casa, concretamente, un incremento de 30 minutos más, lo que quiere decir que lo que antes hacía en 10, ahora serán 40. Media hora más en la que un montón de gente me rodeará y me ayudará a recordar por qué tengo la tendencia a relacionarme lo mínimo posible con la gente común.
Horas más tarde, cuando llego a mi trabajo como cada día, comentándolo con otros compañeros llega a mis oídos la noticia de que los coches aparcados están siendo obsequiados con papelitos donde se les amenaza con denunciarles, y que incluso coches pasan de forma fugaz por la calle en cuestión fotografiando las matrículas de los vehículos.
El pánico y la incertidumbre se apoderan de los trabajadores de la zona. Los de mi empresa, los de las demás empresas del edificio y los de Renfe que también aparcaban por allí. La calle que anteriormente tenía coches aparcados y hasta subidos a las aceras o a los montículos de tierra para salvarse del pago recaudatorio, está ahora totalmente vacía. Y ya no veremos más las filas de coches a través de la ventana del office ni las peleas por el hueco tan difícil de encontrar a las 14:45.
Y poco a poco, el pánico y la incertidumbre de los trabajadores va convirtiéndose en ganas de violencia contra el mobiliario urbano, y se contagia cada vez más, y más…

Noviembre 18, 2007 a 2:14 am
No me gustaría ser un parquímetro
xD
La verdad es que es una autentiquísima putada. Pero bueno, tú mírale los pros al transporte público, porque si no vas jodido
Un beso!