Un primaveral 14 de abril hace 78 años, ocurrió un hecho que marcó la historia reciente de España. Las masas, a grito de “No se ha marchao, que lo hemos hechao” salían a la calle a festejar la proclamación de la II República española, elegida legítimamente en las urnas.
Se abría pues un nuevo camino de esperanza. El fin del feudalismo y la transición a una democracia más profunda. Avances en derechos sociales, laborales, progreso en la cultura, en la actividad política de las masas… sin duda aquél período fue el más esplendoroso de la democracia española, que aún a pesar de ser burguesa, había otorgado al pueblo derechos progresistas que hoy en día son pilares básicos de nuestra democracia.
Sin embargo, la reacción no se quedó de brazos cruzados. Militares, terratenientes y burgueses monárquicos observaban asustados el progreso que había traído la República tricolor, y se horrorizaban ante las crecientes luchas obreras y campesinas que no estaban contentas con el orden burgués de la República y demandaban más democracia, más justicia y más igualdad: demandaban una revolución socialista.
Tras la victoria del Frente Popular en las elecciones, la reacción supo que no podía mantener los brazos cruzados. En realidad sus tendencias conservadoras antirrepublicanas y en algunos casos profascistas nunca fueron ocultadas pero en los últimos momentos se mostraron con más virulencia que nunca, provocando disturbios contra manifestantes de izquierdas o directamente contra el Estado. Fue un 14 de julio cuando el Teniente de la Guardia de Asalto José del Castillo, de conocidas tendencias izquierdistas, fue asesinado por falangistas en plena calle. El resquemor ante tal acto afectó incluso a la propia Guardia de Asalto, que como represelia decidió asesinar a Gil Robles, líder fascista de la CEDA. Sin embargo, al no encontrarle en su domicilio, matan a Calvo Sotelo, líder de la oposición y ministro durante la dictadura de Primo de Rivera. Ya no hacían falta más excusas. Una sección del ejército encabezada por el general Mola, se levantó junto a los terratenientes, la derecha fascista y la Iglesia contra la legítima República elegida por el pueblo.
Y el resto, lo conocemos.
Y, 78 años después de aquella proclamación y como cada año, este 18 de abril salimos a la calle a recordar aquella República y a reivindicar el fin de la monarquía actual. Reivindicamos también su carácter socialista y su laicidad, y su constitución en un estado federal que otorgue el derecho de autodeterminación a las diferentes realidades nacionales que hoy componen el Estado español.
Una monarquía nunca podrá ser compatible con la palabra democracia, ni siquiera en un Estado burgués. La imposición de la monarquía por parte del dictador es la muestra de que todo quedaba atado y bien atado; la transición y la constitución actual son la muestra del continuismo pactado por las supuestas fuerzas democráticas con el régimen fascista anterior y la legitimación de dicho régimen. Por esto, también abogamos por la ruptura con la Constitución monárquica.
Debemos profundizar en una democracia real, donde la mayoría, la clase trabajadora, ostente el poder político y logre su emancipación. La República sólo es el primer paso: nuestra meta es el socialismo.












